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Robótica educativa

Integra las ciencias, convoca al asombro y apasiona a los equipos. Detrás de estos robots hay un corazón de chileno.

Con esta práctica, los niños y adolescentes aprenden haciendo cosas. Física, electrónica y matemáticas son parte de las materias involucradas. Pero también hay un importante abanico de habilidades blandas que se ejercen dentro de las comunidades de robótica.

Treinta y siete jóvenes chilenos llegaron a la final del Mundial de Robótica FIRST el 22 de abril pasado en Houston. Se trata del equipo Corazón de Chileno®, que lleva 10 años compitiendo en las ligas internacionales. Aunque perdieron la final sólo por un segundo, este es el principal logro de un equipo latinoamericano en esta competencia.

Llegar hasta este punto es posible porque desde hace al menos 15 años la robótica educativa ha comenzado a entrar lentamente en los colegios del país. Uno de sus impulsores es Ignacio Fernández, mentor senior de Corazón de Chileno®, quien fue uno de los pioneros en organizar torneos interescolares de esta disciplina a través de la Universidad Andrés Bello (UNAB), donde él estudió Ingeniería Civil en Computación e Informática.

“Nos dimos cuenta del enorme potencial de aprendizaje que tiene la robótica educativa en este momento, cuando en las salas de clases se sigue haciendo memorizar conocimientos y no se está haciendo hincapié en generar habilidades blandas y actitudes que necesita hoy el mundo laboral”, señala Ignacio.

Él mismo chocó con la modalidad de enseñanza en sus tiempos escolares y, cuando llegó a la universidad, se dio cuenta de que los conocimientos de electrónica y de programación estaban siendo muy relevantes en la sociedad actual. Entonces, dice, se preguntó cómo hacer llegar esos conocimientos a jóvenes de la secundaria e incluso a los de básica. En la búsqueda de material, se encontró con la robótica. Y, cuando la puso en práctica, descubrió lo atractiva que era para los más jóvenes: “Hacer que algo se mueva, apretar un botón y que pasen cosas, despierta la curiosidad de la mayoría”.

Con la robótica, los niños y adolescentes aprenden haciendo cosas. Física, electrónica y matemáticas son parte de las materias involucradas en esta práctica. Pero no es sólo eso. El hecho de que se formen equipos y de que haya circuitos de competencias nacionales e internacionales permite que los escolares participantes desarrollen diversas habilidades blandas como las comunicacionales, la creatividad, el trabajo en equipo, el emprendimiento, el liderazgo, etc.

A través de los campeonatos interescolares, el equipo de trabajo que Ignacio lideraba en la UNAB tomó contacto con alrededor de 400 profesores en todo el país, llegando a involucrar a cerca de 1.200 escolares por año en esta disciplina, siendo miles los participantes en los últimos 14 años. “Al comienzo, pocos sabían lo que era la robótica, pero fuimos creciendo a tasas de 100% por año. Lo hicimos todo por transferir este conocimiento a los estudiantes: íbamos a hacer talleres a los colegios, invitábamos a los estudiantes a trabajar los días sábados, en la UNAB abrimos los interescolares a los séptimos y octavos básicos. Y en 2007 creamos el equipo Corazón de Chileno®”, cuenta Fernández. Esta labor constante y durante varios años, les ha hecho ver el avance de los jóvenes en las distintas áreas.

“El hecho de competir contra el tiempo y contra equipos que están trabajando a tu lado, ayuda a ver cómo los mismos problemas se pueden resolver de distintas maneras, y se empieza a crear un ambiente de aprendizaje muy potente”.

Desafíos de todo tipo

Cuando empezaron a competir en las ligas internacionales, estas comunidades juveniles de robótica tuvieron que empezar a ejercer otro tipo de labores: había que conseguir financiamiento, convencer a los auspiciadores, presentar los proyectos a empresas y hacer difusión de estos desafíos. Y ahí es donde se ponen en juego las habilidades blandas.

La primera vez que Corazón de Chileno® compitió afuera fue en 2008. Debieron viajar a Detroit con un equipo de 24 personas. “Para tener un robot competitivo a nivel internacional, hay que contar con un equipo multidisciplinario que abarque diferentes áreas: electrónica, mecánica, programación, finanzas, marketing, prensa”, explica Ignacio. Desde esa primera vez, han competido afuera todos los años, incluido el 2010, después del terremoto. El equipo que fue ahora a Houston estaba compuesto por 37 personas. “Los que participan en esto, ya saben cómo se trabaja en el mundo laboral”, agrega.

el equipo corazon de chileno

Esto se suma al aporte que hace esta práctica en el aprendizaje de la ciencia y la tecnología. “Lo interesante es que la robótica no aplica una sola ciencia sino que permite la integración de distintas ciencias. Por ejemplo, trabajar en proyectos permite la aplicación de las matemáticas y de la física en torno a un objetivo”, señala Ignacio.

Eso sí, aún no llega el momento de que la robótica se meta de lleno a la sala de clases como parte de las herramientas del curriculum escolar, admite Ignacio. Pero está optimista.

“Hay una nueva generación de profesores jóvenes, muy inquietos y más cercanos a los millenials y que está buscando respuestas a los desafíos que presenta la educación de hoy”.

Ellos están interesados en aprender de robótica y de cómo aplicarla con sus alumnos. Pero no de la manera tradicional. Ignacio explica que en la propuesta de la robótica educativa, “el profesor no es el que tiene los conocimientos sino el que genera un ambiente para que los alumnos vayan aprendiendo por sí mismos, es el que provee las herramientas para que los estudiantes vayan avanzando. O sea, es un mentor”.

Ignacio Fernández fue distinguido en 2013 con el “Young Education Leader Award”, que entregan Microsoft y el British Council, por su trabajo en los programas de robótica educativa en Chile.

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Soltar la mano


Para participar en las competencias internacionales, los equipos deben escribir en inglés varios documentos en los que describen sus logros, sus planes de trabajo, los aportes a la comunidad y el proceso para construir el robot (junto a sus prototipos previos). Ignacio Fernández cuenta que en un comienzo los mentores seniors intervenían en este proceso, pero que pronto aprendieron que debían dejar a los jóvenes del equipo hacerlo por sí solos.
“Entendimos la importancia que tiene en el aprendizaje de los estudiantes el poder desarrollar solos esta documentación. Ahora nos limitamos a guiar esta etapa, sin intervenir en la producción de los ensayos y sólo nos remitimos a hacer aportes en la ortografía”.

Habilidades en juego


La metodología de trabajo, basada en la realización de proyectos de la robótica educativa, permite ejercitar una serie de habilidades sociales, cognitivas y para la vida:
Trabajo en equipo.
Liderazgo.
Resolución de problemas.
Pensamiento creativo y resolutivo.
Emprendimiento.
Comunicación efectiva.
Innovación.


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