Las dimensiones de la creatividad

El investigador inglés Paul Collard asegura que la creatividad se puede desarrollar y evaluar. ¿Cómo? Revisa aquí su metodología de aprendizaje creativo.

“Es necesario que los profesores vean a los alumnos, que entiendan sus necesidades y que dejen un espacio para despertar su curiosidad”.

Con estas palabras el investigador británico Paul Collard presentó su modelo pedagógico basado en la creatividad y en la conexión emocional con los alumnos. El experto dirige la Fundación Creativity, Culture and Education (CEE), asesora de la Unión Europea.

“Si los niños y jóvenes están estimulados intelectual, emocional y físicamente, van a estar en su estado más presente y va a ser más fácil estimularlos porque… ¡van a estar allí!”.

Si el educador se centra sólo en el aspecto intelectual, no va a lograr mucho ante los niños y adolescentes, porque estará ignorando sus otras dimensiones. Por eso, dice Collard, “el movimiento físico, el trabajo en grupo y la conexión del aprendizaje con las emociones son fundamentales en el proceso”.

“Si los alumnos pasan todo el día en sus pupitres, estamos ante una experiencia educativa de baja calidad. Por ejemplo, hemos convertido las matemáticas el algo estático. Pero las matemáticas no son sentarse y escribir… ¡están en todas partes!”, señaló. Y contó algunas experiencias en las que a través del aprendizaje creativo solucionaron algunos problemas puntuales de aulas europeas. La forma de operar del CEE es enfrentar un problema puntual y enviar a un especialista creativo a trabajar codo a codo con el profesor para solucionar una determinada situación. (Ver recuadros).

La creatividad es un elemento hoy reconocido en el ámbito de la educación, pero pocas veces definido, estimulado y evaluado. Durante su presentación, Collard mostró un modelo que define la creatividad a través de cinco dimensiones a las que llegaron después de estudiar las diferentes definiciones de este concepto.

El modelo propone un marco teórico para definir y evaluar la creatividad. Cada una de las cinco dimensiones tiene, a su vez, asociadas tres sub-hábitos, que pueden ser medidos en acciones concretas:

  • 1.- Inquisitivo: preguntarse; explorar e investigar; cuestionarse suposiciones.
  • 2.- Persistente: tolerar la incertidumbre; perseverar frente a dificultades; atreverse a ser diferente.
  • 3.- Imaginativo: jugar con las posibilidades; ver distintas conexiones; usar la intuición.
  • 4.- Disciplinado: crear y mejorar; desarrollar técnicas; reflexionar críticamente.
  • 5.- Colaborativo: cooperar adecuadamente; dar y recibir retroalimentación; compartir el producto.

Esta herramienta fue diseñada para que cada una de los 15 sub-hábitos pudiera ser rastreado a través de tres dimensiones:

  • Fuerza: revela el nivel de independencia de los alumnos en relación a las indicaciones o apoyos del profesor.
  • Amplitud: refleja la capacidad de los alumnos de ejercer la disposición creativa en nuevos contextos o dominios.
  • Profundidad: muestra el nivel de sofisticación de los alumnos en la aplicación de sus capacidades creativas.

Un grupo de investigadores británicos del Centre for Real-World Learning (Universidad de Winchester), también ligado al CEE, realizaron un estudio para probar este modelo en la práctica. La investigación involucró distintos trabajos de campo en 18 escuelas de Inglaterra, y fue publicado por la OECD con el nombre de “Progression in student creativity in school: First steps towards new forms of formative assessments”.

En los trabajos de campo en las escuelas, los investigadores hicieron dos tipos de pruebas. Unas, para observar el desempeño de los profesores: qué les era más difícil y más fácil; y cuáles eran los momentos más tensos o dificultosos del proceso. Otras pruebas fueron diseñadas para mostrar el grado en que cada alumno percibe que es capaz de autoevaluar su “imaginación”. Y también el grado en que los alumnos fueron capaces de proveer evidencia suficiente para apoyar lo anterior.

En una de las pruebas, a los maestros se les pidió que se centraran en grupos de seis a 12 alumnos, y que intentaran trazar el perfil de cada niño en un solo momento en el tiempo, en relación con las tres dimensiones: fuerza, amplitud y profundidad de la dimensión 3, “Imaginativo”. Una segunda prueba de campo fue un ensayo más amplio, que requirió la participación de alumnos y de profesores durante un tiempo más largo, y que involucró una mayor cantidad de preguntas a ambos grupos.

Unas de las conclusiones de estos estudios en terreno es que este modelo se puede utilizar mejor en los alumnos de entre 5 y 14 años. En edades posteriores, la presión de los exámenes y la complejidad de las asignaturas hacen más complicada esta aplicación. Asimismo, los aspectos de autoevaluación que contiene esta herramienta hacen difícil aplicarla en niños de 3 a 5 años.

Los términos usados al aplicar la herramienta, señala el estudio, proveen a profesores y alumnos de un lenguaje con el que describir y monitorear las diferentes dimensiones del desarrollo creativo. “He notado que los niños son mucho más conscientes de cómo y cuándo usan su imaginación, y ahora son capaces de identificar estas lecciones ellos”, afirmó un profesor de básica tras participar en el segundo trabajo de campo.

También los maestros se vieron beneficiados en su práctica, señala otra de las conclusiones:

“La herramienta les ayuda a pensar cómo podrían cultivar toda la gama de dimensiones de la creatividad”.

Resolviendo problemas concretos: Caso 1

En su visita a Chile, Paul Collard contó una experiencia que el CEE tuvo en una escuela técnica de Noruega, donde trabajaron con un grupo de alumnos de 15 y 16 años, que estudiaban para ser carpinteros. La ley de ese país indica que ellos deben aprobar un curso de matemáticas. “Cuando los conocimos, nos dio la impresión de que no iban a ser capaces. No entendíamos cómo habían llegado a los 15 años sin saber nada de esa materia”.
Echando mano de la creatividad, los expertos del CEE idearon una forma en que estos jóvenes partieran aprendiendo nociones de geometría desde la base: “Les planteamos participar en un proyecto para que los niños de kínder aprendieran geometría a través de figuras de madera confeccionadas por ellos. Hicieron unos kits encantadores y con ellos partieron a jugar con los pequeños, para ver qué funcionaba y qué no. Y después volvieron y los mejoraron. Así, se concentraron en aprender formas de geometría básica y, a la vez, se divirtieron. Sin que ellos lo notaran, los llevamos al punto de partida”.

Resolviendo problemas concretos: Caso 2

Collard contó otra experiencia de su grupo en una escuela de niños más pequeños en Lituania. El problema era que los estudiantes no avanzaban en el aprendizaje de las letras. Los especialistas creativos del CEE se dieron cuenta de que los niños no se concentraban y no escuchaban lo que les decía el profesor. Entonces, los enviaron a recorrer la ciudad para escuchar los sonidos del ambiente. Su tarea fue inventar palabras que representaran los distintos sonidos de las calles o de la estación del tren.
Para ellos, escribir letras entonces fue interesante, porque estaban jugando a escuchar y reproducir sonidos. Luego volvieron a la sala y, en grupos pequeños, empiezaron a conversar para comparar ideas y ver cuáles eran las mejores, relató Collard. Con este ejercicio los niños tuvieron espacio para moverse, desarrollar sus propias ideas, expresar sus emociones e para interactuar con sus compañeros. “Cuando se logra ese nivel de conexión con los niños, se logra realmente el aprendizaje”, señaló.